Sorber y soplar: la imposible recuperación de las playas entre Dénia y Oliva planteada por la Generalitat Valenciana

OPINIÓN - MANUEL PEINADO LORCA. Catedrático emérito. Universidad de Alcalá.

Mi residencia veraniega está en Dénia. Por mis propias observaciones y por el testimonio de otros vecinos del lugar más veteranos que yo sé que durante décadas las playas que se extienden desde Les Marines hacia el norte, camino de Els Poblets, El Verger, Pego y Oliva eran playas de arena que parecían tan permanentes como el Montgó. Hoy sé que aquella permanencia era un engaño geológico. Una playa no es una cosa inerte, sino un proceso dinámico; no es un solar junto al mar, sino una frágil franja de arena en movimiento.

También he visto cómo se estrechaban, retrocedían o desaparecían algunos de aquellos arenales. Y cómo se intentaba remediarlo vertiendo arena desde camiones o dragas, para que el mar la redistribuya —o se la lleve— hasta la próxima temporada de temporales. Las playas actuales se parecen demasiado a vertederos provisionales de arena: depósitos artificiales que deben reponerse periódicamente porque se ha roto el mecanismo que las alimentaba.

Ese mecanismo empieza mucho antes de que el agua llegue al mar. Empieza en las sierras y barrancos de la Marina Alta y de la Safor, donde la lluvia desprende partículas de roca, las incorpora al cauce y las arrastra aguas abajo. En este tramo de costa contribuían, con distinta importancia y carácter, el río Girona —también llamado Ebo—, que desemboca en la Punta de l’Almadrava, y los cursos asociados al Marjal de Pego-Oliva: el Racons o Molinell y el Bullent o Vedat. A ellos hay que sumar barrancos, acequias y pequeños cauces que solo llevan agua en episodios lluviosos, pero que durante siglos aportaron de golpe una parte relevante de los materiales del litoral.

El río Girona es corto y de caudal modesto, pero atraviesa buena parte de la Marina Alta antes de alcanzar el Mediterráneo. El Molinell o Racons marca el límite entre Dénia y Oliva y se relaciona con el extremo meridional del marjal; el Bullent, conocido en Oliva como Vedat, sale por su lado norte. No estamos hablando del Ebro ni del Ródano. Precisamente por eso cada aporte cuenta: cuando se trata de ríos pequeños, alterar una avenida, encauzar una desembocadura, retener materiales en una balsa o impedir que el río divague por su llanura aluvial puede tener efectos desproporcionados sobre el escaso sedimento disponible.

La playa vive de una contabilidad simple. Recibe arena de los ríos, de la erosión de acantilados y dunas antiguas, de fondos próximos y, en menor medida, de restos biogénicos. Pierde arena por el oleaje, las corrientes, los temporales y la subida del nivel del mar. Si ingresa más de lo que sale, avanza; si sale más de lo que ingresa, retrocede. Los geólogos llaman a esto balance o presupuesto sedimentario. La expresión parece administrativa, pero describe algo muy material: una cuenta corriente de arena.

Los embalses modifican brutalmente esa cuenta. Cuando se construye una presa, no se detiene únicamente el agua. Se detienen también limos, gravas y, sobre todo, las fracciones más gruesas que acaban formando playas y deltas. El agua liberada aguas abajo puede incluso conservar capacidad erosiva, pero ya no lleva consigo los materiales que habrían compensado las pérdidas en la costa. Durante unas décadas puede subsistir una playa gracias a reservas cercanas de arena. Después comienza la factura: retroceso de la orilla, pérdida de dunas, necesidad de espigones y, finalmente, regeneraciones periódicas. La relación no es teórica. El Servicio Geológico de Estados Unidos resume con claridad que las presas retienen sedimentos y cortan su suministro a los tramos bajos de los ríos, mientras que las canalizaciones de las desembocaduras pueden dirigirlos mar adentro o hacia zonas donde dejan de alimentar la costa. El mismo organismo explica que la erosión aparece cuando las salidas del sistema superan las entradas de sedimento: una definición casi perfecta de lo que sucede en tantas playas mediterráneas. Su explicación del presupuesto sedimentario debería estar en la mesa de cualquier consejería que se ocupe simultáneamente de agua y litoral.

Naturalmente, sería simplista cargar toda la responsabilidad sobre los embalses. El tramo litoral de Dénia tiene además problemas propios. Un documento oficial sobre actuaciones costeras señala su carácter globalmente deficitario y menciona la inversión del transporte longitudinal procedente de la costa de Oliva, así como el efecto barrera del puerto de Dénia y de los espigones de Setla y Mirarrosa. Es decir: la arena no solo llega menos; además circula peor. La resolución publicada en el BOE lo expone de manera bastante explícita.

Pero reconocer esa complejidad no elimina la contradicción, sino que la vuelve más evidente. Según la información publicada por Las Provincias, la Generalitat se compromete a defender el litoral y a reclamar la regeneración de las playas en el contexto de los deslindes. Y, por otro lado, el conseller de Agricultura, Miguel Barrachina, defendía la necesidad de «nuevos embalses, nuevas balsas y nuevas presas» en la Comunitat Valenciana.

Las dos cosas pueden pronunciarse en la misma semana; lo que no pueden hacer es convivir sin una política sedimentaria seria. No basta con decir que hacen falta embalses para el riego, la reserva de agua o la protección frente a avenidas, y que también se regenerarán las playas. Eso equivale a sorber y soplar al mismo tiempo: retener arriba el material que la costa necesita y prometer abajo que la costa se reconstruirá sola.

La palabra decisiva es precisamente esa: sola. Una playa puede regenerarse de forma natural si conserva las fuentes de sedimento, las rutas por las que ese sedimento llega al mar y una dinámica litoral no bloqueada por infraestructuras. Si se le ha privado de todo ello, no se regenera: se rellena. Y rellenar no es malo por definición; a veces resulta inevitable para proteger poblaciones, carreteras o ecosistemas. Pero es una solución de mantenimiento, no la recuperación de un proceso natural.

Una política coherente debería exigir que cada nuevo embalse incluya un estudio de su impacto sobre el transporte sólido hacia la costa. Debería prever sistemas para movilizar o extraer los sedimentos acumulados y devolverlos al río o al litoral cuando sea viable.

Debería revisar presas obsoletas, azudes, encauzamientos, dragados y espigones. Y debería recuperar dunas y espacio para que la costa pueda moverse, en vez de pretender fijarla con muros mientras el mar gana terreno.

Las competencias, además, están repartidas: la regeneración de playas y el dominio público marítimo-terrestre dependen en gran medida del Estado, mientras que la gestión territorial, agrícola y buena parte de la presión política se juegan en la Generalitat. Eso no exonera a nadie. Al contrario: obliga a coordinarse. Una administración reclama obras de regeneración; otra impulsa o respalda infraestructuras que reducen la materia prima de esa regeneración. El resultado es conocido: dinero público para transportar arena a lugares de los que el mar volverá a llevársela.

Quienes vivimos junto a estas playas no pedimos que la costa vuelva milagrosamente a la fotografía de nuestra infancia. Pedimos algo más sensato: que se deje de tratar la arena como un adorno turístico y se la considere lo que es, el último eslabón de una cadena que comienza en las montañas. Si se corta la cadena, las playas no desaparecen por capricho del mar. Desaparecen porque nosotros hemos decidido, aguas arriba, que la arena no llegue nunca a ellas.

Fuente: https://lamarina.eldiario.es/2026/09/02/sorber-y-soplar-la-imposible-recuperacion-de-las-playas-entre-denia-y-oliva-planteada-por-la-generalitat-valenciana/

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