ASOCIACIÓN: El temporal de mar de estos días

Los vecinos que vivimos en la primera línea de costa de las playas de Dénia tendemos a percibir cada nuevo temporal marítimo como el más intenso registrado hasta la fecha. Esta sensación es comprensible, ya que cada episodio de fuerte oleaje se vive en un contexto de máxima vulnerabilidad, con daños acumulados y una creciente preocupación por la regresión del litoral. Sin embargo, se trata en gran medida de una percepción psicológica asociada al momento crítico que se experimenta durante cada una de estas marejadas, amplificada por los medios de comunicación.

El temporal ocurrido en los últimos días, aun siendo relevante y generando impactos visibles en la costa, no ha alcanzado ni de lejos la intensidad de otros episodios recientes. En concreto, fue claramente inferior a los temporales registrados en enero de 2025 y en noviembre de 2024, como puede comprobarse tanto en los datos objetivos reflejados en las gráficas disponibles como en las informaciones publicadas por la prensa en aquellas fechas. Estos antecedentes demuestran que el litoral de Dénia ya ha soportado temporales de mayor energía y duración que el actual muy cercanos en el tiempo. Otra cosa es la dirección del oleaje, que puede causar mucho más daño si proviene del E, incidiendo lateralmente en las playas y agravando el arrastre sedimentario, que si lo hace de NE, casi perpendicular a la costa.

Gráfica desde noviembre de 2024 hasta la actualidad 

Ver prensa temporal de noviembre de 2024

Gráfica desde 2018 hasta la actualidad donde sobresale el temporal Gloria de enero de 2020

Desde un punto de vista geomorfológico, las playas de Dénia se encuentran en una posición especialmente desfavorable dentro del denominado óvalo valenciano, situándose en su punto más bajo. Esta circunstancia implica que los sedimentos que históricamente alimentaban nuestras playas, procedentes de los grandes ríos valencianos y del río Ebro, ya no alcanzan este tramo de costa. La causa principal es la construcción y explotación de grandes presas, pantanos y embalses, que retienen los sedimentos en el interior, impidiendo su transporte natural hacia el litoral.

A ello se suma el efecto barrera que ejercen los puertos y otras infraestructuras costeras, que interrumpen el transporte sólido litoral y agravan aún más el déficit sedimentario. Como consecuencia, las playas de Dénia han quedado prácticamente privadas de su alimentación natural, lo que las hace cada vez más frágiles frente a los temporales marítimos, incluso cuando estos no son extraordinarios.

Para mayor agravante de la situación, el único proveedor de sedimentos relativamente próximo a las playas de Dénia, el río Girona, quedó prácticamente anulado como fuente natural de aportes sólidos en el año 1945, con la construcción del embalse de Isbert. Esta infraestructura supuso el cegamiento casi total del río, interrumpiendo de forma definitiva el transporte natural de gravas, arenas y limos hacia su desembocadura y, por extensión, hacia el litoral colindante.

Lejos de revertirse esta situación con el paso del tiempo, el problema se vio aún más agravado décadas después. Las escasas gravas y materiales que todavía permanecían en el cauce del río Girona fueron retirados de manera muy cuestionable en distintas actuaciones llevadas a cabo en los años 2008 y 2011, a la altura del término municipal de Beniarbéig y en le propia desembocadura del río Girona y llevadas a unidades sedimentarias alejadas de la nuestra. Estas extracciones se realizaron bajo la responsabilidad conjunta de los responsables del servicio de Costas de la época y de la Confederación Hidrográfica del Júcar, eliminando así los últimos restos de sedimento que podrían haber contribuido, a la alimentación natural de las playas de Dénia.

Estas decisiones, tomadas sin una visión integral del sistema litoral y fluvial, han tenido consecuencias directas y duraderas sobre la estabilidad de la costa. Al privar definitivamente al litoral de uno de sus pocos aportes sedimentarios cercanos, se aceleró el proceso de erosión y se incrementó la exposición de las playas y de las edificaciones en primera línea a los efectos de los temporales marítimos. Todo ello refuerza la evidencia de que el problema actual no es coyuntural ni atribuible a episodios puntuales de mal tiempo, sino el resultado de una gestión histórica deficiente de los recursos fluviales y costeros por parte de la Administración competente.

En este contexto, la única solución realista y eficaz para garantizar la protección de nuestras playas y de las viviendas situadas en primera línea de costa pasa por la ejecución de regeneraciones artificiales periódicas. Estas actuaciones no deben entenderse como una medida excepcional, sino como una herramienta imprescindible de adaptación y defensa frente a un problema estructural, agravado tanto por la acción humana como por el cambio climático.

Confiamos en que los tres proyectos de regeneración previstos en nuestras playas salgan adelante.

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